
"En cierta ocasión Buda narró una historia acerca de un joven mercader que tenía una bella esposa y un hijo pequeño. Lamentablemente, la esposa cayó enferma y falleció, y el hombre volcó todo su amor en su pequeño hijo, que se convirtió en sú única fuente de alegría y felicidad. Una vez, mientras él estaba fuera en un viaje de negocios, unos bandidos asaltaron la aldea, lo incendiaron todo e hicieron cautivo a su hijo de cinco años. Cuando el mercader regresó y vio la devastación, se sintió abrumado de dolor. Encontró el cadáver calcinado de un niño pequeño y, en su desesperación, creyó que era el cuerpo de su hijo. Se arrancó el cabello a puñados, se golpeó el pecho y lloró desconsoladamente. Finalmente, dispuso una ceremonia de cremación, recogió las cenizas y las guardó en una exquisita bolsa de seda. A partir de entonces, tanto si trabajaba como si comía o dormía, siempre llevaba consigo la bolsa de cenizas, y a menudo se sentaba a solas y lloraba durantes horas enteras.
Un día su hijo escapó de los bandidos y consiguió volver a casa. Era medianoche cuando llegó a la casa de nueva de su padre y llamó a la puerta. El hombre estaba en la cama, sollozando, con la bolsa de las cenizas a su lado.
-¿Quién es?- preguntó
-Soy yo papá- respondió el niño-. Soy tú hijo. Ábreme la puerta.
En su angustia y confusión, lo único que se le ocurrió al padre fue que algún chico mailicioso quería gastarle una broma cruel.
-¡Vete! -le gritó-. ¡Déjame en paz! -Y empezó a llorar de nuevo.
El muchacho llamó una y otra vez, pero el padre no quiso abrirle. Al fin, dio la media vuelta y se alejó lentamente. El padre y el hijo nunca volvieron a verse". (El futuro del budísmo, pág. 68)
"En algún momento, en algún lugar, tomas algo por la verdad. Pero
si te apegas a ello con intesidad, cuando la verdad venga en persona
y llame a tu puerta, no le abrirás".
Buda.


